21/03/2011 Fatima Cimadevilla

Abuelos deportistas… de jóvenes y de mayores

Aprovechando esos días de sol que a veces nos regala el invierno, he hecho uno de esos pequeños sacrificios que acaban convirtiéndose en placeres: hacer un poco de ejercicio e irme a patinar. Lo que no esperaba es que, tres horas más tarde de vuelta a casa, volviera con unas agujetas terribles y con una convicción un tanto avergonzante: a pesar de mi treintena, la vida sedentaria me está pasando factura. Una conclusión a la que he llegado cuando un señor de 80 años aproximadamente me ha adelantado a toda velocidad con su bicicleta.

Anciano primermundista

Curiosamente, ese abuelo –eso sí, provisto de casco- iba mucho más rápido dando pedales que yo con unas piernas 50 años más jóvenes. ¡Toma ya!

El “para no oxidarme” de mi padre me ha venido a la cabeza de la misma manera que esa más que sana costumbre que tenía mi abuelo de salir a caminar a diario. Una que conservó desde su juventud y que, para él, era la mejor manera que conocía no sólo de mantenerse activo sino, además, de mantenerse sano. Quitándome los cordones de los patines, recordé los muchos paseos en los que le acompañé en mi infancia. Unos que eran un tanto atropellados –mis zancadas eran más cortas que las suyas, o esa era mi excusa- y que, en mi adolescencia, siguieron siéndolo. Con muchos más años que yo, mi abuelo mantenía un paso firme y rápido fruto de ese sano hábito adquirido y fomentado con el paso de las décadas. Uno que le había regalado –sin él saberlo- una salud cardiovascular digna de un jovencito y un sistema inmune casi blindado contra el exterior.

Y es que, cosas de la naturaleza y del hábito desde la juventud, un ejercicio tan simple como andar es el mejor amigo de nuestro corazón y de nuestras defensas. Algo que mi abuelo, por decisión propia y sin indicaciones médicas, mejoró todavía más cuando decidió empezar a comer todavía más sano. Un gesto que, en su caso y a falta de esta inmensa red para enterarse, era únicamente cuestión de tradición: él lo vio en su padre –que rozó los cien años- y, a pesar de hacer pequeños sacrificios –como quitarle el tocino al jamón a pesar de que le volviera loco-, lo llevaba por el libro. Nunca hizo falta decirle “no comas esto” porque él mismo lo hacía motu propio. Aunque, eso sí: de vez en cuando, se daba cuartelillo y algún capricho.

Cuando ya me marchaba de El Retiro –derrotada física y mentalmente por ese adelantamiento que me había dolido en el orgullo de una manera muy sana-, ahí estaba el mismo abuelo que me había adelantado. Descansaba tranquilamente su carrera en un banco y, cosas de la vida, el que debía ser su nieto también. “Abuelito, es que vas muy rápido”, le decía la pobre criatura con el mismo tono que yo se lo decía al mío en su momento. “No te preocupes”, le contestaba él quitándole las rodilleras al niño, “si sigues montando en bici, cuando seas mayor tú también lo harás”. La misma frase que a mí me decía el mío.

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