Carlos es un chico muy majo. En serio que lo es, y me alegro de trabajar con él: es divertido, y comprensivo cuando me cogen ataques de ira por mi mala suerte con las nuevas tecnologías. Pero tenemos un problema, y es que siempre tiene calor. ¡Siempre! Todos los días llega el primero a la oficina, y lo primero que hace (sea verano, primavera, otoño o invierno) es abrir las ventanas (solo nos salvamos los días que llueve). Así que cuando llego yo, congelada y harta de los cambios de temperatura en los transportes públicos, me encuentro que en el trabajo hace el mismo frío que en la calle. ¿Y qué hago? Poner la calefacción a tope. Pero entonces llega Amelia, y como tiene asma, empieza a toser por culpa del aire caliente. El problema es que Pilar es aún más friolera que yo, y sube el termostato. Peor a Juanjo, ya que se le resecan los ojos porque lleva lentillas, y todos los días se lía una guerra en la oficina.
Y el resultado de esta guerra por la calefacción tiene una consecuencia directa: nuestro cuerpo se resiente de ello, y aparte de repercutir a nuestro ánimo, podemos debilitar nuestro sistema inmunológico. Es por eso que es imprescindible tomar una serie de medidas para evitar estas guerras y poder trabajar con el mejor ambiente posible.
En primer lugar, la temperatura adecuada para poder trabajar en una oficina tiene que estar, según la ley, entre 17º y 27º, si bien los expertos afirman que la fórmula ideal, tanto en verano como en invierno, es mantenerse a los 24º. Adecuándonos a esta temperatura, además de buscar un punto medio en que no tengamos ni frío ni calor, nos aseguramos de no dañar nuestro organismo.
Por otro lado, siempre he considerado imprescindible tener una chaqueta en la oficina, ya sea guardada en un cajón o colgada de algún perchero que quede libre… pero es una buena manera de asegurarnos nuestro bienestar, sin arriesgarnos a depender de los demás. También procuro siempre tener algún complemento para las manos, como unos mitones, porque siempre se me quedan frías cuando escribo con un ordenador.
Además de eso, es necesario que todos mantengamos una buena hidratación, porque el aire caliente reseca y es imprescindible que ayudemos a nuestro cuerpo y a nuestra piel a superar los efectos de los cambios de temperatura, del aire frío del exterior, y de la calefacción. Y por último, también podemos optar por poner un humidificador en la oficina para combatir el aire seco, ideal para los que sufren de sequedad ocular (¡he pensado comprarle uno a Juanjo!).
