24/08/2010 Fatima Cimadevilla

Masticar con los ojos

Así lo creamos, no: no hemos inventado la pólvora. La influencia que los colores tienen en nosotros y su aplicación para mejorar nuestra vida se remonta –ahí es nada- a tiempos de la antigua Persia o del imperio Egipcio. La colorterapia como tal es casi tan antigua como el ser humano y cuenta con un peso específico dentro del contexto de la vida humana desde Aristóteles –uno de los primeros en romper una lanza en pro del color como motor emocional- a nuestros días. El uso del color y de su influencia es algo completamente novedoso para muchos, pero la realidad es que no sólo tienen incidencia en nuestra psique sino, también, en nuestro apetito.

El impacto visual de aquello que comemos juega un papel fundamental para alimentarnos. No es cuestión de hacer un curso acelerado de nouvelle cuisine o plantearnos emplatar como profesionales en casa. La cosa es mucho más sencilla y se basa, fundamentalmente, en darle alegría a los platos utilizando composiciones de colores de los propios alimentos. Composiciones que, además, nos permitirán alimentarnos con una carta de nutrientes mucho más amplia. La vista se ha convertido en el primer bocado de cualquier plato o producto más allá del olor, el sabor o las texturas. Un bocado que juega un papel fundamental: estimular los ojos de los más pequeños de la casa y de los más mayores es una manera única de facilitar no sólo que coman de todo sino, además, que no les falte ningún nutriente.

Y es que la aplicación de la colorterapia a la alimentación ha llevado a diferenciar –fundamentalmente- frutas y verduras en torno a grupos de color que se identifican con sus propiedades. No es casualidad, sino más bien causalidad: cada color se debe a esos fitoquímicos presentes en estos grupos de alimentos, con un alto poder antioxidante y con un peso nutricional específico. Así comer en rojo –alimentos con alta concentración de betacarotenos, como el tomate o la cereza- es una garantía de salud cardiovascular y aval de la memoria, comer en verde –alto poder en ácido fólico y vitaminas C y K, como el kiwi o el calabacín- nos ayudará a mantener una buena visión, los tonos naranjas y amarillos –con mucha pro-vitamina A y potasio, como la zanahoria o la piña- nos garantizan un refuerzo del sistema inmunitario, o comer en blancos –alimentos potentísimos en antioxidantes, como el melón o los espárragos- nos permitirán contribuir a descender los niveles de colesterol y a paliar los efectos de la diabetes. Jugar a componerlos en un plato cuenta además con esos comodines tan sanos como son las proteínas –no sólo las carnes o los pescados, sino también los lácteos- o los hidratos de carbono en su justa medida.

Combinar colores y alimentos es, tan sólo, una cuestión de imaginación. Y tú, ¿cuál es el color que más utilizas en la comida?

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