19/08/2010 Fatima Cimadevilla

Al rico helado… pero natural

Foto de Shandy Cruzcampo en FlickrEn cucurucho, en vasito o en bolsa, lo mismo da. Si algo trae consigo la estampa típica del verano –además de la toalla y las chanclas- es el ya tradicional consumo de helados. De los más pequeños a los más mayores, nadie se salva de ese antojo fresquito que ha desarrollado una auténtica industria de sabores. Los más tradicionales –vainilla, chocolate o limón por ejemplo- han dado paso a otros tan sofisticados ya a estas alturas como el de menta o, incluso, esos salados que no dejarán de sorprender. Me vais a perdonar, pero todavía me resulta un poco raro eso de leer “sidra” o “higos” –como me sucedió hace poco- en una heladería tradicional.

Sea como sea, los helados han logrado un abanico tan amplio de gustos que todos los paladares tienen cabida. Las heladerías, sobre todo las tradicionales, se han reinventado para dar paso a todo tipo de sabores sin necesidad de caer en cosas tan -cuanto menos- peculiares como el helado de cocido o el de queso azul. Lo más habitual es encontrar un campo amplísimo que oscila desde aquéllos basados en frutas –sobre todo tropicales, con el maracuyá o la fruta de la pasión como ejemplos más destacados- hasta los dulces más golosos –con cada vez más mezclas con el cacao como base, especialmente el venezolano- o salados –por increíble que parezca, hasta el queso manchego tiene su propia crema fría- sin olvidar todos aquéllos que tienen como base alimentos que, en condiciones normales, no tomamos en forma de helado –como pueden ser las cremas de té verde, de After Eight, de Oreo o el helado de Actimel- Sin ir más lejos, este último –el de Actimel- responde a una moda cada vez más implantada en la heladería: la de utilizar el yogurt como base de sus cremas, dándole un protagonismo absoluto en las tendencias heladeras.

Pero está claro que, a pesar de lo que nos ofrecen esos especialistas del capricho del verano, debemos mantener esa tradición artesanal y tan doméstica que –yo al menos- recuerdo de mi infancia. Fabricar nuestros propios helados –especialmente, si el consumidor va a ser un niño o un mayor- es una garantía de tomar un alimento de la manera más natural. Zumos de naranja o de limón son esos favoritos que se metían en el congelador antaño sin base láctea para convertirse en polos sin ningún tipo de aditivo. Pero si queremos aprovechar para que ese gesto –el de tomar un helado- sea además nutritivo, nada como plantearse ir más allá. Hacer helados con el mismo vaso de leche con cacao del desayuno o utilizar yogures –sobre todo, los naturales – son una apuesta única para meriendas y postres nutritivos que permiten huir de los extras de la heladería industrial. Una manera, además, de contribuir con estas golosinas caseras a la absorción de calcio de una manera sana y natural.

Y tú, ¿cuál es el sabor más raro que has probado?, ¿sigues haciendo en casa tus propios helados?

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