La infancia y la adolescencia se caracterizan por ser unas etapas de gran crecimiento, de notable remodelación corporal y de una importante maduración funcional.
Para que todos estos procesos se realicen con normalidad es necesario un aporte extra de energía y de nutrientes esenciales.
Al planificar la alimentación de esta etapa hay que tener en cuenta que hay que cubrir las necesidades energéticas, plásticas y reguladoras para evitar carencias y desequilibrios.
Asimismo, hay que lograr que los niños y adolescentes adopten unos hábitos alimentarios correctos. Los padres suelen inquietarse porque los niños no toman fruta ni verdura, pero ¿y ellos? ¿Comen verduras con la frecuencia aconsejada? Los adultos deben ser un ejemplo a seguir.
La nutrición actúa sobre el crecimiento de un modo directo, mediante el efecto de los alimentos, y de una manera indirecta, a través del sistema endocrino.
La alimentación durante estos años de crecimiento debe seguir un patrón de dieta equilibrada, rica en frutas y verduras (5 raciones al día) y abundante en hidratos de carbono complejos; el pan, la pasta, el arroz, la patata o las legumbres deben ser el principal combustible del organismo, evitando dulces y bollería en general.
Las necesidades en proteínas (carne, pescado, huevos) son considerables ya que se está en una etapa de crecimiento. Asimismo, son muy importantes los lácteos, que aportan calcio, vitamina D y fósforo, imprescindibles para el correcto desarrollo y crecimiento de las estructuras óseas. Se incluyen en este grupo las leches fermentadas, que contribuyen además al óptimo estado del sistema inmunitario.
Finalmente los niños deben beber mucha agua. Los requerimientos oscilan entre el 1,5 ml por kcal consumida para el lactante y el niño, y hasta 1 ml/kcal para el adolescente y el adulto.



