A todos nos cuesta dejar lo que estemos haciendo y ponernos a trabajar o a limpiar la casa. Y, si estamos cansados, la tentación de olvidarnos de problema y poner la tele, la consola o meternos a revisar el correo “cinco minutos y me pongo” se hace muy grande. La famosa autodisciplina con que nuestros padres y profesores nos han torturado en el colegio o en casa nos viene entonces a la cabeza. No es fácil desarrollar el hábito de empujarnos a hacer lo que debemos, pero hay trucos para hacerlo más sencillo.
El primero de ellos es tener claro qué es exactamente lo que queremos hacer. Si tenemos la vaga idea de que “tenemos que terminar el trabajo” pero no pensamos exactamente en cuántas páginas o qué tareas concretas tenemos que hacer, el “trabajo” se convierte en una nube oscura que parece interminable. Y así nadie deja la calidez del sofá para sentarse en la fría mesa de trabajo. Acostumbrarnos a pensar en términos concretos sobre lo que tenemos que hacer no hace la vida más fácil.
“Comer y rascar, todo es empezar”, dice el proverbio. A menudo, basta con sentarse y empezar a trabajar para que cojamos interés y nuestra cabeza se ponga en marcha. El problema siempre es “ponerse”. Un truquillo puede ser dejarnos un caramelo, un chocolate o algo que nos guste sobre la mesa de trabajo y tomárnoslo a condición de que llevemos al menos cinco minutos de reloj trabajando. Para ponernos, lo mejor es hacer una “arrancada”. No lo pensamos, como cuando nos tiramos a una piscina fría, lo hacemos… ¡ya! Y nos ponemos de pie.
Otra forma de hacernos la vida más fácil es ponernos metas pequeñas dentro del trabajo. Terminar un apartado o una parte del proyecto o estudiarnos dos epígrafes en una hora, por ejemplo, nos devuelve la sensación de control sobre nuestro trabajo.
Por último, una de las cosas que más ayuda a desarrollar la autodisciplina en este mundo es hacer deporte. No importa cuánto hagamos, sino con qué regularidad. Si nos hemos propuesto correr despacio diez minutos cada día, por ejemplo, tenemos que procurar no dejar de hacerlo ni un sólo día. En pocas semanas, notaremos el efecto en nuestra energía y en nuestra capacidad para aguantar algo que no nos gusta, pero que sabemos que tenemos que hacer.